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Poniendo códigos de barras

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La cocina anda como las clases sociales: alta, mediana y pobre. ¿Qué le vamos a hacer? Vivimos en una sociedad en la que lo que entretiene es etiquetar, en la que se monta un cirio por tener o no un máster y no preocupa la realidad que afecta a un pueblo, aunque muchas veces poco importa si se llega a final de mes o no, siempre y cuando nuestro equipo favorito gane. ¿Qué podemos esperar de una peña adicta al Sálvame?

Quizá en este oficio el plato más “copiado” sea el pastel de cabracho de Juan Mari Arzak, o el coulant de chocolate de Michel Bras, ¡vaya usted a saber! Lo curioso de este asunto es que ambos platos revolucionaron hace un porrón de años y aún siguen vigentes en muchas cartas. ¿Recuerda alguien cuál fue el plato estrella de cualquier estrella Michelin hace un par de años?

Somos de modas, nos apuntamos a la novelería barata y tenemos una memoria débil, ¡he dicho! Decía Pantuflo en los cómics “Zipi y Zape”.

Mientras sigamos viviendo de un circo mediático, no sólo en cocina, los avances parecerán que sí y será no, por lo tanto, volvamos a esos orígenes donde no éramos borregos y teníamos libertad de pensamiento y no nos dirigían nuestro destino. Puestos a seguir en esta línea, sólo puedo decirles que se parece mucho este mundo en el que vivimos a la teoría del Big Bang.

Por suerte, ya no sólo los países vecinos están volviendo a los orígenes, sino que Perú y Brasil andan en una cruzada de defensa del producto y platos tradicionales. Igual se nos enciende la bombilla y nosotros hacemos lo mismo.

“Volverán las oscuras golondrinas…”, escribió en su día un tal Gustavo Adolfo. ¡Aclamemos a la diosa de los fogones!

Sobre el autor

Alex Marante

cocinero y bloguero

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