De manjar aborigen a clásico de la mesa: las claves de las lapas en la cocina canaria

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Lapas a la plancha con mojos./ Manuel Expósito
Lapas a la plancha con mojos./ Manuel Expósito

Presentes en las mesas isleñas desde tiempos prehispánicos, las lapas representan la esencia de la cocina de costa en el archipiélago y aúnan tradición popular con un alto valor gastronómico.

Podemos decir que estas islas son afortunadas por contar con productos que, fuera de nuestras fronteras, no son muy habituales. Lo más conocido son las papas arrugadas, el gofio y los mojos, pero también presumimos de erizos, morenas, lapas y burgados, entre otros manjares. Hoy me dejo llevar por las lapas, ese producto que da lugar a dichos antiguos. En Canarias, su gente aún sabe comer.

En el archipiélago se consumen lapas desde tiempos de los aborígenes y representan un manjar en cualquier mesa. La lapa de pie negro, la lapa de pie blanco, la lapa curvina y la lapa majorera son las más habituales, aunque la historia documenta más variedades. Viven adheridas a las rocas, junto a otros moluscos, frecuentemente en acantilados y escolleras mediolitorales, en zonas de marea batidas por el oleaje. Con estos antecedentes históricos y el origen volcánico de nuestras islas, las lapas constituyen un auténtico sabor de nuestra tierra. Vayan imaginando esa explosión de sabor que se genera al llevarse una lapa a la boca. ¡El pecado existe!

Hay muchas maneras de preparar esta delicia. Eso sí, la primera que se saca va directa a la boca, así, sin más. Ya con la saca llena, podemos hacerlas a la plancha con un majado, asadas con mojo verde, o integradas en una paella canaria elaborada con distintos pescados y burgados —auténtica cocina de pescadores—. También podemos acompañarlas con una pella de gofio y… ¡que la imaginación vuele!

Son muy recomendables en dietas hipocalóricas, bajas en grasas, equilibradas y sanas. Por su aporte de ácidos grasos esenciales, ayudan a disminuir el riesgo cardiovascular, reducen el colesterol LDL, elevan el HDL y contribuyen a regular la presión arterial. Con estos beneficios, sobran motivos para consumirlas, aunque sea con nocturnidad y alevosía.

Conocidas popularmente como caracoles de mar, no están fijas permanentemente a la roca, en contra de lo que muchos creen; se desplazan para alimentarse. Durante sus recorridos nocturnos dejan un rastro mucoso que les sirve de guía, tanto para regresar a su punto de reposo habitual como para desplazarse de nuevo por la misma zona.

Puestos al día con su historia, es momento de mirar al mar. No olviden el refrán: ¡quien quiera lapas, que se moje el culo! Llenen la saca, calienten la plancha o la sartén, tengan el mojo de cilantro a mano y la cerveza bien fría en la nevera. ¡A disfrutar!

Dicho todo esto, poco más que añadir: busquen mesa, pidan una de lapas y disfruten del mar en cada bocado.