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Mercados, restaurantes y cocineros

Mercados, restaurantes y cocineros

Comenzamos esta crónica que versa sobre papas, carne, chaquetillas de doble botón en hilera y paralelo, vinos canarios, pimientos y calabazas a través de un marco proyectado en perspectiva sobre huertas, mercados, alacenas y la despensa de la que se surte. Sin mayor propósito que el de acercar la mejor cesta de la compra hasta la mesa, cocinándola con sentido común, modernidad, buen gusto, elegancia y mucha mano. Esto es la vida en cualquier restaurante que tenga un cocinero que vele por sus clientes y el buen hacer, manjares sabrosos de proporciones naturales que nos hagan meditar.

Así se lo transmite un servidor, pues ya saben que hay mucho memo gastando tinta con el único fin mesiánico de descifrarnos al resto de mortales lo que los chefs quieren transmitirnos con sus propuestas. Dentro de ese marco amable, es difícil encontrar cocineros solícitos, frescos, normales y sensatos. Por lo tanto, cuando vayan a un restaurante, vean platos redondos y ningúno tipo pizarra, digan ¡sí, aleluya! Y, si encima, es de los que no se adorna demasiado, todo está listo para servir y, si lo piensas un instante, sientes que podrías comer y cenar así todos los días del resto de tu vida, con la misma ilusión y sin desmayo. Es mano de santo, como ya les advertí, y por su felicidad y la de sus acompañantes, no pierdan de vista mis consejos y sean simpáticos.

En estas Islas seguro que encuentran muchos locales que representan una forma de guisar que, en su estado de máxima expresión, se muestra desnuda, simple, aligerada, reinterpretada, sabrosa, festiva, embriagadora y aliñada, sin complejos, con multitud de precisas notas exóticas. Recuerden: una carta se construye en el mismo centro del mercado, con los productos que, una vez seleccionados, forman una cocina repleta de gusto y rinde sentido homenaje a la cocina de toda la vida, esa que se guisa en el culo de las ollas respetando las estaciones, el gusto de los clientes y la tradición.

Doy fe de que disfrutarán de los platos más representativos, siempre acompañados de una sabia selección de vinos canarios, de esos que le dejarán un grato sabor durante la comida. El restaurante es un teatro donde se debe convencer a un espectador curioso y exigente, pero el cocinero debe unir materia y memoria, huyendo del atropello y persiguiendo la excelencia de la simplicidad.

Sobre el autor

Alex Marante

cocinero y bloguero

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